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Editorial


Gabriel Pilonieta-Blanco



Conversación con un taxista

Es bien sabido que el barbero, el barman y el taxista conocen y divulgan más historias que cualquier narrador aficionado o profesional. Esta vez me tocó el taxista, quien al adivinar que éramos venezolanos empezó a contar una historia que nos dejó perplejos, por decir lo menos. El cuento de marras tuvo lugar hace un par de días en Bucaramanga, Colombia, en el trayecto del aeropuerto a la ciudad. El narrador dijo llamarse Henry y ser un veterano del ejército colombiano, en el que ingresó cuando tenía 16 años. Para empezar dijo con una seguridad sorprendente que si en Colombia pasara lo que está sucediendo en Venezuela, desde hace rato estarían en una guerra atroz. “Recuerde que aquí todo el mundo ha formado parte de alguna fuerza armada: el ejército, la guerrilla, los paracos o la delincuencia, o sea, todo el mundo sabe cómo manejar un arma y ha tenido experiencia en combates armados”. Sin ir muy lejos, Henry comenta que él ha recibido más de siete disparos en su cuerpo, tiene una mano reconstruida, una bala por poco le saca un ojo y un proyectil todavía está alojado en su pierna. “Estoy vivo de milagro”, dice con una amarga sonrisa.

Durante el trayecto, que duró unos 25 minutos, Henry contó su última peripecia como  soldado experimentado cuando en una ocasión de la que no dio fecha, fue convocado por radio junto a todos los reclutas de su clase a presentarse en el comando a la brevedad posible. “Cuando llegué a mi casa mi esposa me dijo, Henry dicen que están convocando a todos los reservistas para que se vayan al cuartel de inmediato” y así de una me fui para allá y me presenté. “Aquí estoy mi sargento, estoy con mi taxi, ahora qué hago” y el sargento me dijo “vaya y deje ese carro por perdido y vuelva”. Una vez adentro nos pelaron el coco y nos dieron ropa de deportes y tenis. Al rato ya nos habían dado uniforme y bastimento para dos días en una mochila, más un fusil. Dos horas más tardes convocaron a todos lo que habían llegado, que eran más de mil, al patio y mi General nos dijo, “Esto es un ejercicio, solo quería saber si podíamos armar una tropa de 2000 soldados en un día, y lo hemos logrado, tenemos que estar preparados. Pasan esta noche aquí y mañana se vuelven a sus casas”. Al partir nos dieron 75.000 pesos a cada uno, para hacer mercado, dijo con picardía, quizás pensando que ojalá lo repitan.

Yo sé, dice Henry, que el ejercicio era para una posible guerra con Venezuela, y eso sería lo más terrible que nos pudiera pasar a los dos países, que están hermanados. Por ejemplo, cuando yo era joven me iba a una finca en Santa Lucía a trabajar con ganado y me venía con mi platica, en esa época un bolívar valía 17 pesos, hoy es al revés. Recuerdo que cuando presté servicio militar estuve en la selva, y por semanas no veíamos un ser humano (lo que explica que sea tan difícil controlar el territorio donde opera la guerrilla). Y también en La Guajira, en la población de Paraguachón, donde al final de la tarde jugábamos al fútbol con la guarnición venezolana del otro lado de la frontera. Nos turnábamos para cruzar, eso sí, el que iba al otro lado no podía ir armado, ya que es ilegal cruzar las armas en la línea internacional. “Había que ver cómo estaban de bien abastecidos los soldados venezolanos y lo bien que lo pasábamos juntos, éramos como hermanos y nos divertíamos. No nos vimos nunca como enemigos”.

Continúa su relato Henry diciendo “Da dolor ver ahora a estos pelados (jóvenes) venezolanos recorriendo las calles de las ciudades de Colombia buscando dónde acomodarse, con muy poco dinero y sin conocer a nadie, y sin saber a quién recurrir. La juventud, la esperanza se está marchando del país, eso es terrible, concluye.

 

Nosotros por nuestra parte, nos quedamos con un mal sabor en la boca, ya que sabemos que está en lo cierto, ya que cada día más y más jóvenes venezolanos recorren las calles de las ciudades de los cinco continentes buscando oportunidades, la diáspora venezolana está en plena marcha. El país que una vez fuera el imán más atractivo de Suramérica hoy escupe a sus retoños en todas direcciones.




Editorial

Conversations with a taxi driver

It is well known that a barber, a barman and a taxi driver know and tell more stories than any amateur or professional narrator. This time it was a taxi driver, who guessing that we were Venezuelans, began to tell a story that left us perplexed, to say the least. The incredible story took place a couple of days ago in Bucaramanga, Colombia, on our way from the airport to the city. The narrator called himself Henry and said to be a veteran of the Colombian army, which he entered when he was 16 years old. To begin with, he said with surprising assurance that if Colombia were to pass through what is happening in Venezuela, they would have been in an atrocious war for some time now. "Remember that everyone here has been part of some armed force: the army, the guerrillas, the paramilitaries (“paracos”) or the delinquency, that is, everyone knows how to handle a weapon and has had experience in armed combat." Without going too far, Henry comments that he has received more than seven shots in his body, has a reconstructed hand, a bullet almost takes one of his eyes and a projectile is still lodged in his leg. "It’s a miracle I'm alive," he says with a bitter smile.

During our ride, which took about 25 minutes, Henry recounted his last adventure as an experienced soldier when on an occasion of not disclosed date, he was called by radio along with all recruits of his class to appear in his squad as soon as possible. "When I arrived at my house, my wife told me, Henry they are saying all reservists are being called to go to the barracks immediately" so I went there. "Here I am my sergeant, I am with my taxi, now what I do" and the sergeant told me "Go and leave the car elsewhere, consider it lost, and come back". Once inside they shaved our heads and gave us sports clothes and tennis shoes. After a while we had already been given uniform and supplies for two days in a backpack, plus a rifle. Two hours later they summoned all those who had arrived, more than a thousand, into the courtyard and my General told us, "This is an exercise, I just wanted to know if we could arm a troop of 2000 soldiers in a day, and we have achieved it, we have to be prepared. You will spend the night here and tomorrow you will go home." Before leaving, we were given 75,000 pesos each, to buy groceries, he said with mischief, perhaps thinking he wished they would repeat it.

I know, says Henry, that the exercise was for a possible war with Venezuela, and that would be the most terrible thing that could happen to the two countries, which are twinned. For example, when I was young I went to a farm in Santa Lucia to work with cattle and I came with my money, at that time a bolivar was worth 17 pesos, today is the other way around. I remember when I was serving in the military I was in the jungle, and for weeks we did not see a human being (which explains why it is so difficult to control the territory where the guerrillas operate). And in La Guajira, in the town of Paraguachón, where at the end of the afternoon we played soccer with the Venezuelan soldiers on the other side of the border. We took turns to cross, but whoever was crossing over the other side was not allowed to go armed, since it is illegal to pass arms through in the international border. "Those Venezuelan soldiers were very well supplied, and we had a wonderful time together, we were like brothers and we had fun. We never saw ourselves as enemies."

Henry continues his story saying, "It saddens me to see these young Venezuelans (“pelados”) wandering through the cities’ streets of Colombia looking for a place to settle, with very little money and without knowing anyone, and without knowing who to turn to. Young people, the country’s hope is leaving, that is terrible, he concludes.

 

As for us, this conversation left us with a bad taste in our mouths, since we know he is right, as more and more young Venezuelans are walking the streets of the cities of the five continents looking for opportunities, the Venezuelan diaspora is in full swing. The country that once was the most attractive magnet in South America, today scatters its sprouts in all directions.

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