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Editorial


Gabriel Pilonieta-Blanco



La violencia, de cualquier bando, es inexcusable y debemos denunciarla y combatirla con la única arma que tenemos a disposición: la palabra.

El hecho de que un grupo de personas (sorprendentemente jóvenes) salgan a desfilar en la Universidad de Virginia proclamando consignas de supremacía racial e invocando al diabólico personaje que hace 70 años llevó al mundo a una terrible guerra mundial, es algo difícil de entender, pero tiene su explicación, no justificación.

Recordemos que a mediados del siglo XX, el racismo tenía una vigencia que nos parece incomprensible hoy en día. Costó muchas muertes el lograr que tanto las mujeres como los negros fueran aceptados con igualdad de derechos en este país, y aun así muchos estados mantuvieron políticas discriminatorias por varias décadas más.

Por ejemplo en el tema de la inmigración, por mucho tiempo solo era aceptable recibir inmigrantes de los países del norte de Europa en una política destinada claramente a blanquear al que se ha dado por llamar el “melting pot”, blancos de diferentes idiomas, credos y costumbres, pero siempre blancos. Y esto es parte de la historia que no se puede olvidar. Una política de estado.

Como bien sabemos, tan solo al revisar los datos del censo que se lleva a cabo cada diez años, vemos que la tendencia es que los Estados Unidos se están oscureciendo, tomando un tono marrón, por decir lo menos, y muy difícilmente este proceso puede detenerse, por más manifestaciones de supremacistas blancos que salgan a aterrorizar a los ciudadanos. El índice de nacimientos de los hispanos, por ejemplo en Delaware, es casi el doble del de los blancos, y esa es una proyección que no es del gusto de aquellos que piensan que hacer América grande de nuevo es mantener la mayoría blanca predominando en todos los campos.

Hay capítulos de la historia que no se han cerrado y muchas heridas están abiertas, y eso lo sienten aquellos que siguen pensando que el Sur perdió y que eso es algo que puede recuperarse, olvidando que no hay vuelta atrás, que la marcha de la historia es  hacia adelante y no hacia atrás.

Imaginemos a los millones de mexicanos que hay hoy en día en los Estados Unidos reclamando en las calles el territorio que perdieron a mediados del siglo XIX en una guerra en la estuvieron en clara desventaja.

Lo que sucedió en Charlottesville, Virginia, y las subsecuentes manifestaciones de supremacistas blancos, envalentonados por lo que se ha dado por llamar el apoyo del actual presidente, es muy peligroso y reclama acciones precisas de aquellos que creemos que en la diversidad (racial, espiritual, cultural, etc.) radica la riqueza mayor de este y de cualquier país.

El extremismo de cualquier color o tendencia no es excusa para terminar con vidas humanas, como vimos recientemente en Barcelona. La violencia no es la solución, nunca.




Editorial

The violence of any side is inexcusable, and we must denounce it and combat it with the only weapon we have at hand: the word.

The fact that a group of people (surprisingly young) go out to parade at the University of Virginia proclaiming slogans of racial supremacy and invoking the diabolical character that 70 years ago led the world to a terrible world war, is something difficult to understand, but it has its explanation, not justification.

Remember that in the mid-twentieth century, racism had a force that seems incomprehensible today. It cost many deaths to have both women and blacks be accepted with equal rights in this country, and yet many states maintained discriminatory policies for several decades.

For example, regarding immigration, for a very long time it was only acceptable to receive immigrants from the countries of Northern Europe, following a policy destined to whitewash what has been called the melting pot, whites of different languages, creeds and customs, but always whites. And this is part of the story that cannot be forgotten. A government policy.

As we well know, only reviewing the data of the census that takes place every ten years, we can see that the tendency is that the United States is getting dark, it’s taking a brown tone to say the least, and very hardly this process can be stopped, no matter how many demonstrations of white supremacists come out to terrorize citizens. The birth rate of Hispanics, for example in Delaware, is almost double that of whites, and that is a projection that is not to the liking of those who think that making America great again is to keep the white majority predominating in all fields.

There are chapters in history that have not been closed and many wounds are open, and that is felt by those who continue to think that the South was lost and that this is something that can be recovered, forgetting that there is no turning back, that history moves forward and not backwards.

Imagine the millions of Mexicans who today live in the United States, claiming in the streets the territory they lost in the middle of the nineteenth century in a war in which they were in clear disadvantage.

What happened in Charlottesville, Virginia and the subsequent manifestations of white supremacists, emboldened by the support of the current president, is very dangerous and calls for precise actions of those who believe that in diversity (racial, cultural etc.) lies the greatest wealth of this and any country.

Extremism of any color or tendency is no excuse to end human lives as we saw recently in Barcelona. Violence is not the solution, it never is.

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