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Editorial


Gabriel Pilonieta-Blanco



Uno debe preguntarse, ¿hacia dónde vamos?

“No hay forma de entender que un sueño se transforme en tu peor pesadilla. Hemos sobrevivido y hemos visto partir a nuestros amigos. ¿En qué se ha transformado el mundo? ¿Cómo alguien puede pensar, planificar y ejecutar un atentado semejante?”, había expresado Guillermo Banchini uno de los argentinos sobrevivientes al atropello del uzbeko Sayfullo Saipov quien manejaba para Uber y alquiló una camioneta de carga con la que se llevó por delante a cuantos pudo en Manhattan.

Diez argentinos estaban en New York celebrando sus 30 años de graduación de bachillerato y aprovecharon para dar una vuelta en bicicleta por la Gran Manzana, sin saber que les esperaba la muerte a la mitad de ellos y una pesadilla por el resto de sus vidas a los que sobrevivieron.

“Queremos hacer un ruego: que el amor venza al odio, que la vida se imponga a la muerte”, habían señalado los sobrevivientes en un comunicado y conferencia de prensa en el consulado argentino en Nueva York.

“Lloraremos siempre a nuestros amigos. Fue el amor lo que nos trajo aquí y fue el amor lo que nos seguirá uniendo”, agregó otro de los sobrevivientes.

El pasado domingo unos 200 argentinos participaron en el Maratón de Nueva York, vestidos con la camiseta de la selección albiceleste y una cinta negra en sus brazos, en un homenaje silencioso a los caídos.

La irracionalidad de los ataques a inocentes en diferentes lugares del mundo ha llegado a proporciones inusitadas, y cada vez más a menudo nos preguntamos si es seguro ir a este sitio o a aquel otro, si podemos visitar una iglesia o un monumento importante sin que nos pase algo. Ya ni las iglesias son seguras, cuando vemos el lamentable atentado del pasado domingo en Texas. En este trágico incidente perdieron la vida 26 personas, entre ellas 8 de la misma familia, abarcando tres generaciones entre los 72 y los 5 años de edad.

La santidad del lugar de culto no fue respetada, mucho menos la vida de la gente.

Uno debe preguntarse, ¿hacia dónde vamos? Es una violencia inútil y sin sentido, arbitraria y aterradora que nos hace dudar de que estemos realmente cuerdos o si la locura ya es totalmente colectiva.

La libertad de portar armas garantizada en la constitución le permite a un ser, que a todas luces no está cuerdo, poseer un arma de asalto y usarla sin discriminación para ahogar su propia angustia, temor o simple rabia.

 

Una vez más repudiamos la facilidad de adquirir y portar armas; cada vez deberían ser más estrictas las normas para su uso.




Editorial

One must ask: where are we going?

"There is no way to understand how your dream can turn into your worst nightmare. We have survived and we have seen our friends leave. What has the world become? How could someone think, plan and execute such an attack?", had expressed Guillermo Banchini, one of the Argentine survivors of the outrage of the Uzbek national Sayfullo Saipov who drove for Uber and rented a cargo van with which he plowed into a crowd of pedestrians and bicyclists, hitting as many as he could in Manhattan.

Ten Argentines were in New York celebrating their 30th year of high school graduation and took the opportunity to bike-ride through the Big Apple, not knowing that death was waiting for half of them, and a nightmare for life for the rest who survived.

"We want to make a plea: that love conquers hate, that life overcomes death," the survivors said in a press release and press conference at the Argentine consulate in New York.

"We will forever mourn our friends. It was love that brought us here and love will continue to unite us," added another of the survivors.

Last Sunday about 200 Argentines participated in the New York Marathon, dressed in the shirt of the national team and a black ribbon in their arms, in a silent tribute to the fallen.

The irrationality of attacks on innocents in different parts of the world has reached unprecedented proportions. More and more often we wonder if it is safe to go to this or that place, if we can visit a church or an important monument without something happening to us. Even the churches are not safe, as we see the regrettable attack last Sunday in Texas. In this tragic incident, 26 people died, including 8 of the same family, comprising three generations between 72 and 5 years of age.

The sanctity of the place of worship was not respected, much less the life of the people.

One must ask: where are we going? It is useless and senseless violence, arbitrary and terrifying that makes us doubt that we are really sane or if the madness is already totally collective.

The freedom to carry weapons guaranteed in the Constitution allows a person who is clearly not sane to possess an assault weapon, to use it without discrimination to drown his own anguish, fear or simple rage.

 

Once again we repudiate the ease of acquiring and carrying weapons. The rules for their use should be stricter every time.

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