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La vida después de la muerte


Valentina Pilonieta-Vera




Marco Antonio Clemente Guzmán tenía 17 años cuando vino a los Estados Unidos por primera vez en 1999.

Aunque estudiaba contabilidad, las cuentas no le rendían y decidió dejar su ciudad natal de Orizaba, Veracruz, para jugarse la suerte en California. Cruzó por Tijuana en una época en la que ser migrante aún no era crimen, se instaló en San José y comenzó a hacer su vida. Consiguió a una compañera de vida, tuvo dos hijos y se dedicó a la construcción de albercas [piscinas] por doce años.

Lo conocimos en la Casa del Migrante en Tijuana al final de un gris y frio sábado. Llegó con una mochila en la espalda y cargando una de esas reglas chistosas que caracterizan a los arquitectos. Sonriente saludó a todas las personas de la Casa. Los voluntarios y trabajadores lo abrazaban, mientras que se disculpaba de no haber venido en la semana por que había estado muy ocupado en la escuela. El Padre Murphy, encargado de la Casa, coordinó la reunión para que habláramos y escucháramos la historia de Marco.

En el 2012 Marco y su familia decidieron regresar a México para estar más cerca de la familia. Se instalaron en Tlaxcala donde quiso comenzar su vida. “No me gusto por la delincuencia, puse un negocio aquí en Tlaxcala y fui un poco víctima de lo que se vive aquí en México, de la delincuencia. Extorsión por aquí, extorsión por allá. Y no me gusto, así que decidí regresar” dice Marco. La ciudad no le dio la bienvenida que se esperaba y entonces decidió enviar a sus hijos y compañera de regreso. Al tiempo quiso regresar él también. Dice que conocía a gente que ayudaba a personas a cruzar, que les pagó una suma de dinero, y prometió otras cantidades que hoy día sigue pagando, y que lo obligaron a cruzar con un pasaporte falso, aunque él sabía que no lo dejarían entrar. Marco nos comenta que las fechas no las tiene muy claras, pero que tras este segundo cruce fue detenido por dos meses y luego deportado. Regresó a Orizaba con su familia. Toco el fondo de la tristeza, “Cuando salí la primera vez, que vine para acá era yo siempre un mar de lágrimas, cuando estaba en Veracruz siempre pensando en mis hijos. Mentalmente por un tiempo pensé en quitarme la vida. Supe que no estaba bien” dice Marco.

Las ganas de estar con sus hijos lo llevaron a intentar el cruce por tercera vez. Esta vez lo hizo por su cuenta. No tenemos detalles pero sabemos que este último intento le dejo una cicatriz profunda en su mano derecha. De igual manera, Marco fue detenido y esta vez lo llevaron a prisión federal por 8 meses. “Ahorita que estuve más tiempo en prisión me dedique a aprender de mi situación de que no podía ver a mis hijos. Siempre me ha gustado el estudio así que me puse a estudiar ahí en la prisión donde dan cursos para sacarse el GED. Yo ya tenía mi GED pero seguí estudiando mecanografía y otras cosas. Ahí fue donde me hice cristiano, no estaba emocionalmente yo bien y busque ayuda espiritual” cuenta Marco. El día que lo deportaron, Marco seguía bajo la promesa de ver a un juez para presentar su caso como padre de ciudadanos estadounidenses. Un juez jamás escucho el caso de Marco, y una vez más la política del expresidente Obama de no separar familias fue una mentira. “Estar en prisión y conocer a los hermanos cristianos me ayudó, me cambio la perspectiva. Podrían venir cosas peores y tenía que estar preparado” dice el ahora estudiante universitario.

Marco llegó por tercera vez a la Casa del Migrante en agosto del 2016 con la amenaza de tres años de prisión si lo agarraban cruzando ilegalmente una vez más. “Ya no quiero estar pasando más tiempo en prisión porque es algo improductivo para mi” dice Marco mientras que nos cuenta que al ser liberado en México le recomendaron no intentar el cruce por tres años para poder tener la oportunidad en un futuro de pedir un perdón y regresar por la vía legal. Comparte Marco, “Dije: me voy a dedicar a servir con los padres que ayudan a las personas. Me voy a quedar. Aquí [en Tijuana] estoy más cerca de mis hijos, algún día los voy a poder ver”. El Padre Murphy ayudó a Marco a conseguir un trabajo en un centro de llamadas, le dieron albergue por un mes y medio, y cuando ya estaba preparado le consiguieron un departamento y lo ayudaron con el primer mes de renta. Durante todo este tiempo Marco siguió trabajando dos empleos y ayudando en la casa. Reflexiona Marco, “Deportado, perdiendo a mi familia ¿Qué puedo hacer? Tengo que hacer algo en México…tengo que empezar aunque sea aquí”.

Gracias a su buena actitud y ganas de ayudar, cosas buenas le han llegado a Marco. “Me escucharon las ganas de estudiar y aquí en la Casa me dijeron que me iban a ayudar a ir a cualquier escuela que yo quisiera” nos dice. El 6 de enero del 2016 fue su primer día de clases en la Universidad de Tijuana CUT como estudiante de arquitectura. “Pienso que esta es la oportunidad que se me está dando para esforzarme ahorita en la escuela, le estoy echando bastantes ganas, quiero ser uno de los mejores arquitectos…quiero ser el mejor, voy a ser el mejor, tengo que regresar a mis hijos” dice Marco.

Inspirado por el trabajo de la Casa, Marco quiere dedicarse a  servir y ayudar a las personas que están pasando por situaciones similares a la suya. “El concepto [del inmigrante] está mal, yo siempre sé que los latinos son las personas más trabajadoras, con la menor paga pero los más trabajadores. El mexicano, el inmigrante no es delincuente” dice Marco, “mi vida en Estados Unidos siempre fue correcta, pagaba mis taxes, iba a mi trabajo, pagaba mi renta, no delinquía, nunca estuve en prisión, nunca tuve una infracción aunque era el conductor de la empresa de albercas”. Sin embargo, “cometí un error grande en papel” dice Marco. Su mayor delito fue querer estar cerca de sus hijos y ahora está pagando el alto precio de la distancia obligada.

A las personas que teman pasar por su situación Marco les dice “¡ánimo! Aunque pensemos que nuestra vida ha terminado tenemos una oportunidad siempre en México para seguir adelante, pero es decisión nuestra. Ahora depende de nosotros sacar a este país adelante”.

¿Quieres ayudar?

La Casa del Migrante actualmente necesita toallas para bañarse, ropa interior, calcetines, zapatos deportivos, y donaciones en efectivo. Pueden contactarlos directamente por correo electrónico a casadelmigrantetjuana@gmail.com, por teléfono +52 (664) 682-5180 o por medio de su página de Facebook CasadelMigrante Tijuana. Para donaciones monetarias: Bank of America, Fathers of Saint Charles, Casa del Migrante cuenta #3250 2014 7903. Para donaciones por correo convencional: P.O. Box 430387 San Diego, CA 92143-0387

 

Valentina Pilonieta-Vera es especialista en estudios latinoamericanos graduada de la Universidad Internacional de la Florida y de la Universidad de Delaware.




Life After Death

Marco Antonio Clemente Guzman was 17 years-old when he first came to the United States in 1999.

Even though he was going to school for accounting, the numbers did not add up and he decided to leave Orizaba, in the state of Veracruz, Mexico, to find a better destiny in California. He crossed the border through Tijuana during a time when being an immigrant was yet to be a crime and he settled down in San Jose, where he began to build his life. He found a life partner, had two children and dedicated to building pools for twelve years.

We met him at the Casa del Migrante in Tijuana on a cold and gray Saturday afternoon. He arrived carrying a backpack and one of those funny rulers architects always use. He greeted everyone at the Casa with a big smile. All volunteers and staff hugged him, while he apologized for not visiting during the week for he had been swamped at school. Father Murphy, the Casa’s coordinator, had set-up the meeting so we could hear Marco’s story.

In 2012 Marco and his family decided to go back to Mexico in order to be closer to family. They settled down in Tlaxcala, where they decided to start a new life. “I didn’t like it because of the crime rate. I opened a business in Tlaxcala and I was a victim of Mexico’s situation, of its crime. Blackmail over here, blackmail over there. I did not like it, so I decided to go back,” says Marco. The city did not welcome him so he decided so send his children and partner back to the U.S. After some time, he also decided to go back. He says that he met people who knew the way to other side. He paid them a sum of money and promised other amounts, which he is still indebted for today, and that they compelled him to use a fake passport to cross, even though he knew he would get caught. The dates are not very clear in his mind, but after that second journey across, he was detained, imprisoned for two months, and deported. He hit rock bottom, “When I got out the first time, and I came back here, I was always in tears. I was in Veracruz always thinking about my children. For some time I thought about taking my own life. I knew I was not okay,” says Marco.

The need to be with his children drove him to the border for a third time. This time he did it on his own. We have no details, but that last attempt left a nasty scar on his right hand. Nevertheless, Marco was detained and, this time, he was taken to a Federal prison for 8 months. “That time I was imprisoned I took the time to learn from my situation, from not being able to see my children. I have always enjoyed studying so I started studying in prison where they have courses to get a GED. I already had my GED but I took computer classes and other things. That’s where I became Christian, I wasn’t doing well emotionally, so I found spiritual help,” Marco tells us. The day Marco was deported he continued to believe in the promise of seeing a judge to present his case as a father of U.S. citizens. His case never made it to court and, once more, ex-president Obama’s promise not to separate immigrant families was a lie. “Being in prison and getting to know my Christian brothers helped me, it changed my perspective. There could be worse things and I had to be prepared,” says the college student.

Marco arrived to the Casa del Migrante for the third time on August 2016 under the threat of three year imprisonment if caught trying to cross illegally again. “I don’t want to spend more time in a prison because it is inefficient for me,” says Marco as he tells us that he was advised not to cross for three years in order to later ask for forgiveness and try to return legally. Marco shares, “I said: I am going to spend my lie serving like the fathers who aid people. I am going to stay. Here [in Tijuana] I am closer to my children, one day I will be able to see them.” Father Murphy helped Marco in finding a job at a call center; he was given shelter for a month and a half, and, when he was ready, they found him an apartment and helped with the first month’s rent. During that time, Marco continued working two jobs and helping at the Casa.

Marco pondered, “I have been deported, I lost my family, and what can I do? I have to do something here in Mexico…I have to start, even if it’s here.”

Thanks to his good attitude and willingness to help, Marco has gotten good things. “They heard that I want to study and the Casa told me they would help me go to any school I wanted,” he tells us. On January 6, 2017, he went to his first class as an architecture student at the Universidad de Tijuana CUT. “I think that this opportunity was given to me so that I can prove myself in school, I am working hard, I want to be one of the best architects…I want to be the best, I will be the best, I have to go back to my kids,” says Marco.

Inspired by La Casa, Marco wants to dedicate his life to serving and helping those in his similar situations. “The [immigrant] concept is wrong, I always know that Latinos are the hardest working, with the least salary but the hardest job. The Mexican, the immigrant, is not a delinquent,” says Marco, “my life in the United States was always correct, I paid my taxes, went to work, paid my rent, did not commit crimes, was never in jail, and never had a ticket even though I was the driver at the pool company.” However, he says, “I made a huge mistake on paper.” His biggest crime was wanting to be with his children and he is now paying the highest price of forced distance.

To those who fear being in his situation, Marco says “Don’t give up! Even though we think our lives may be over we will always have an opportunity in Mexico to get on with our lives, but that is on us. The future of this country is now in our hands.”

Do you want to help?

The Casa del Migrante is in need of bath towels, underwear, socks, sneakers and cash donations. Email: casadelmigrantetijuana@gmail.com

Telephone: +52(664) 682-5180

Facebook: CasadelMigrante Tijuana

Donations: Bank of America, Fathers of Sain Charles, Casa del Migrante, account #3250 2014 7903

Address: P.O. Box 430387 San Diego, CA 92143-0387

Valentina Pilonieta-Vera is a Latin-American Studies specialist and a Florida International University and University of Delaware alumni.

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